Primera entrada, y sin presentaciones, directamente a hablar de los límites imaginarios que nos ponemos a nosotros mismos, deberíamos reflexionar sobre lo que hacemos para ver que es lo que nos impide volar y llegar alto:
Volar. Esta es la palabra que marcará al isleño en su vida, porque, al fin y al cabo, es algo casi imposible que te conozca todo un planeta si te mantienes encerrado en las cuatro paredes que supone la costa, para triunfar hay que despegar los pies del suelo y elevarse hasta donde estén tus sueños, tus metas, tus ilusiones, anteriormente descritas por los hombres cobardes que no se atreven a salir de su cacho de tierra, como inalcanzables. Pero volar no significa solo el triunfo, ni siquiera significa que llegues a él , sino la libertad, aquella sensación que deben de sentir los pájaros yendo de un sitio a otro como si de un paseo se tratase, ¡cuántas cosas habrá visto el halcón, en cuántos árboles habrá posado su nido el águila! Es la posibilidad que te brinda de hacer aquello por lo que sonreías mientras dormías en la infancia, quizás pisar la Luna con un avanzado traje de astronauta, ¿Y por qué quedarse ahí?, volar permitirá al aún joven soñador a aumentar sus fronteras, incluso a romperlas, hará que llegue a donde quiso y se pregunte a si mismo impaciente sobre el qué será lo siguiente que le espera, la próxima aventura, el continuo reto que supone la vida lleno de objetivos del chico costero que disfrutaba con el sonido de las olas del mar y admiraba la sencilla arquitectura de los castillos de arena. Por lo que me gustaría hacer énfasis en decirle al hombre cobarde que para un mundo mejor hacen falta hombres que no teman a las nubes, mas si valientes piratas que se atrevan a surcar e indagar en lo profundo de la cultura humana, de sus leyendas y novelas escritas por otros maestros que se atrevieron a soñar. Así que no quepa duda de que el ave isleña volará.
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